Columna: Opiniones Encontradas
Por: Mario A. Cárdenas Sánchez
●LA EXTINCIÓN DEL ARTÍCULO 14
●ADHESIONES DEL BIENESTAR
●PRIMERO LOS POBRES…
LA EXTINCIÓN DEL ARTÍCULO 14
-si nos apuramos hasta de la constitución-
Sospechosos por decreto
Hay decisiones que no solo interpretan la ley. La doblan, la exprimen… o de plano la ignoran.
La reciente resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación no es un matiz técnico, no es un ajuste fino al sistema financiero. Es, para muchos, un punto de quiebre: el momento en que la presunción de inocencia —ese pilar básico de cualquier democracia— empieza a convertirse en letra decorativa.
La Constitución es clara. Para privar a una persona de su libertad, bienes o posesiones, se requiere un juicio. Un proceso. Una sentencia. No una corazonada, no una sospecha, no un “mínimo indicio”.
Pero ahora resulta que sí.
Basta la sospecha de lavado de dinero. Apenas un indicio. Una señal tenue. Y con eso, el Estado puede congelarte las cuentas, retener tu dinero, asfixiarte financieramente… sin que hayas pisado un juzgado.
Culpable antes de ser escuchado.
Y entonces aparece la voz “tranquilizadora” desde el máximo tribunal. La ministra Estela Ríos González, con una serenidad que raya en el desconcierto, plantea que no hay de qué preocuparse… porque no todos tienen propiedad. Así, tal cual.
La frase no solo es desafortunada; es reveladora. Porque olvida —o decide ignorar— que la ley no es selectiva. No distingue entre quien tiene mucho o poco. Su naturaleza es, precisamente, ser general y obligatoria. Hoy es el empresario, mañana el comerciante, pasado mañana cualquiera con una cuenta bancaria.
No es un tema de ricos o pobres. Es un tema de derechos. Más allá de los tecnicismos, lo que queda es una sensación incómoda: la de una justicia que dejó de ser contrapeso para convertirse en ventanilla de trámite. La Corte ya no como guardiana de la Constitución, sino como ejecutora de decisiones que huelen más a voluntad política que a rigor jurídico.
Atrás quedó —o eso parece— esa institución que equilibraba el poder. Hoy, el mensaje es otro: el Estado de derecho existe… siempre y cuando coincida con los intereses del poder en turno.
Y así, con ese nivel de certeza jurídica, se pretende atraer inversión extranjera. Con reglas que pueden cambiar según el ánimo político. Con garantías que se evaporan frente a una sospecha. Difícil vender confianza cuando lo que se ofrece es incertidumbre.
Pero tampoco sorprende tanto. Después de todo, venimos de una narrativa que hizo célebre aquella frase: “no me vengan con que la ley es la ley”. Una declaración que en su momento parecía retórica… y que hoy empieza a sentirse como doctrina.
El problema es que cuando la ley deja de ser la ley, lo que queda no es flexibilidad.
Es arbitrariedad.
Adhesiones del bienestar
En política, las casualidades no existen. Y cuando dos movimientos ocurren el mismo día, con precisión quirúrgica, más que coincidencia parecen coreografía.
Por la mañana, Abuzaid Lozano se adhiere al Partido Verde. Horas después, en la sede estatal del PRI, Miguel Ángel Ramírez presenta su renuncia. Dos escenas distintas, un mismo mensaje: el barco se mueve… y no todos quieren quedarse a bordo.
Porque en política, sí, las lealtades muchas veces son de papel. Pero hay momentos en los que ese papel se vuelve especialmente frágil, casi transparente. Y este parece ser uno de ellos para el PRI, un partido que hoy enfrenta no solo la competencia externa, sino la desbandada interna.
Lo curioso —o lo revelador— no es que se vayan. Es cómo se van. Con timing perfecto. Sin titubeos. Como si alguien hubiera dado la señal de salida.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿se están yendo por convicción o por supervivencia? Porque si algo queda claro es que nadie quiere ser el último en apagar la luz.
El PRI vive hoy circunstancias desfavorables, sí. Pero también hay memoria —aunque a veces selectiva—. Ese mismo partido que hoy abandonan fue el que los impulsó, los postuló, los defendió… y los hizo ganar. No llegaron solos. No crecieron en el vacío. Hubo estructura, hubo respaldo, hubo sistema.
Pero en la política mexicana, la gratitud es un valor en extinción.
Los proyectos personales pesan. Y pesan mucho. Pero deberían pesar también —aunque sea un poco— los valores, la congruencia, la ideología. Esos conceptos que suelen invocarse en campaña y olvidarse en cuanto aparecen mejores ofertas.
Claro, tampoco se trata de absolver al PRI. Sería ingenuo. El partido cavó su propia tumba durante años: cacicazgos, compadrazgos, decisiones de élite, una desconexión brutal con la gente de a pie. Se volvió un club cerrado que olvidó que su fuerza estaba, precisamente, fuera de sus oficinas.
El PRI dejó de escuchar… y hoy paga las consecuencias.
Pero lo que estamos viendo no es solo la caída de un partido. Es algo más profundo: la confirmación de que en la política mexicana las siglas importan cada vez menos, y el poder —ese sí— sigue siendo el mismo imán de siempre.
Por eso resuena, más vigente que nunca, aquella frase de Diego Fernández de Cevallos: “El PRI está más fuerte que nunca… solo cambiaron el chalequito tricolor por uno color guinda.”
Y viendo las adhesiones, las renuncias y las conversiones exprés, uno no puede evitar pensar que quizá no estaba exagerando.
Porque al final, en este juego, no se trata de cambiar de ideas.
Se trata de no quedarse fuera del
presupuesto.
Primero los pobres
Primero los pobres… ¿hasta que estorban?
“Primero los pobres”, repetían con devoción casi religiosa los simpatizantes de aquel personaje al que Enrique Krauze bautizó como el “mesías tropical”. La frase se volvió mantra, consigna, bandera moral. Era —decían— el nuevo rostro de la justicia social.
Pero la realidad, terca como siempre, termina por exhibir las contradicciones.
Porque como decía otro ilustre de la política mexicana, hay quienes hacen discursos de izquierda… para gobernar con la derecha.
Y en Ixtlahuaca parece que la lección se aprendió rápido. Muy rápido.
La alcaldesa Lupita Díaz está dando muestras de que el eslogan no siempre resiste la prueba del poder. Esta semana circuló un video —difundido por este medio— en el que personal del Ayuntamiento actúa con una dureza difícil de justificar contra un enemigo público de alta peligrosidad: un vendedor de aguas frescas.
Sí, leyó bien. Aguas frescas.
El operativo —si es que así se le puede llamar— no solo evidencia falta de sensibilidad, sino una preocupante ausencia de criterio. Porque sí, el comercio informal está regulado. Sí, puede constituir una falta administrativa. Pero no es un delito. No convierte a quien vende en la calle en delincuente. No autoriza la humillación, el amedrentamiento ni mucho menos la violencia.
Para eso existen protocolos. Para eso se supone que hay autoridad: para poner orden sin perder humanidad.
Pero aquí parece que la lógica es otra.
Aquí el mensaje es claro: “Primero los pobres… pero solo mientras no incomoden”.
Porque esos mismos que hoy son perseguidos, ayer eran votos. Esas mismas manos que hoy son retiradas de la vía pública, antes eran las que llenaban urnas. Y entonces, el discurso se desmorona. Se cae a pedazos.
Lo más revelador no es el acto en sí, sino la selectividad. Porque el comercio ambulante no desaparece parejo. Hay niveles. Hay categorías. Hay intocables.
Si eres un vendedor solitario, sin respaldo, sin padrino, sin “organización”, el aparato cae con todo su peso. Pero si formas parte de esos llamados “líderes sociales” o de alguna de las siempre oportunas “asociaciones”, entonces la historia cambia. Entonces hay diálogo. Entonces hay tolerancia. Entonces hay… miedo.
Así funciona.
La ley, en teoría, es para todos. En la práctica, no tanto.
Y ahí es donde el discurso de “primero los pobres” se convierte en lo que siempre temieron sus críticos: una herramienta política, no un principio ético.
Porque gobernar para los pobres no es usarlos como escalón electoral y luego tratarlos como estorbo administrativo. No es aplicar la fuerza cuando no hay costo político. No es escoger a quién sí y a quién no.
Gobernar para los pobres implicaría, de entrada, no olvidar quiénes son.
Pero sobre todo, implicaría no lastimarlos.
Aunque vendan aguas frescas.


















